El caso más normal dentro de lo que supone un cese es el de Garrido. Los resultados han pesado demasiado para una directiva que esperaba estar bastante más arriba. El año pasado terminaron el año cuartos y visitando las semifinales de la Europa League mientras que esta temporada se encontraban con solo 15 puntos en Liga gracias a tres victorias, eliminados sin puntuar de la Champions League y también eliminados de la Copa a primeras de cambio. Para el joven técnico valenciano resultó complicado sacar adelante un proyecto que perdió en verano a su principal referente (Cazorla) y al que las bajas lastraron desde los primeros compases de la temporada. Buscó cambios en el estilo de juego del Submarino Amarillo que ni mejoraron los resultados ni conectaron con la grada del Madrigal.
Los otros dos casos dan para escribir varios libros. No por los casos en si, también por todo lo que rodea a ambos. Javier Aguirre salvó al Zaragoza de caer en el abismo el último año. Sustituyó a José Aurelio Gay en noviembre de 2010 y solo pudo aguantar en su puesto poco más de 365 días. El club maño lleva varias temporadas sumido en el caos deportivo, con constantes cambios de entrenador. Concretamente desde que Agapito Iglesias se hizo con el poder del club aragonés. Siete han sido los técnicos cesados por el dueño de un club que cuando se presentaba en sociedad anunciándose como nuevo ‘amo y señor’ de la institución afirmaba su querencia por los técnicos de larga duración al estilo británico. Ninguno le ha llegado a las dos temporadas.
El caos institucional del Real Zaragoza llega por tanto a la parcela deportiva. Una plantilla cogida con alfileres, donde la calidad brilla por su ausencia, es solo uno de los malos síntomas que presenta el club. Un dueño que parece querer ser el que más sabe contra viento y marea más allá de los sentimientos de una afición que ven poco a poco como el equipo de sus amores se consume dirigiéndose hacia una desaparición que parece cercana. La mezcla resulta explosiva y de ahí los tumbos que dan los maños dentro y fuera del campo.
El último caso que nos ocupa, el del Atlético de Madrid, se asemeja más al problema maño que a los del Villarreal de Fernando Roig. Hasta arriba de deudas, los problemas económicos no supusieron un problema para reforzarse en verano. Pero sí dieron buena cuenta de lo que es el club colchonero desde que los Gil se hicieron con sus riendas. Uno podía pensar en su momento que los vaivenes en la institución llegaban del carácter impetuoso de Jesús Gil y Gil pero tras su fallecimiento nada ha cambiado bajo el mandato de su hijo, Miguel Ángel Gil Marín, y del productor de cine Enrique Cerezo. Bien podía ser la de los rojiblancos una historia de terror o intriga producida por el presidente, y es que uno nunca sabe cuál será el siguiente paso que darán los madrileños.
Un técnico que desde el primer día no era querido por la grada, unos dirigentes con una cada vez más grande sombra sobre su cabeza por los tejemanejes que se van conociendo o suponiendo de sus operaciones deportivas, unos jugadores que no terminaban de arrancar... Reyes sería el siguiente en salir, diciendo así adiós al cuarteto de Hamburgo (Simao, Agüero, Forlán y el mismo Reyes). A principios de diciembre era sabido que Manzano no terminaría el año como entrenador rojiblanco. Solo faltaba la fecha de despido. Y ahí llegó un nuevo episodio turbulento en el Atlético. Se llegó al punto de saber por la prensa que Manzano sería fulminado de su puesto en el parón invernal cuando aún restaban tres o cuatro partidos por disputarse. Pasara lo que pasara. Trabajar sabiendo que estás fuera. Los jugadores haciendo caso (o no) a un entrenador que un mes después ya sabían que no estaría. De chiste.
Tres casos diferentes para tres despidos. Exactamente la misma historia para encontrar a sus sustitutos. El Villarreal siguió la estela comenzada con Garrido y encontró su recambio en el filial, dando a José Francisco Molina su primera oportunidad en Primera División. El Zaragoza tardó en encontrar técnico y surgió el clásico baile de nombres. Debe ser complicado para alguien embarcarse en un proyecto que se ve a la deriva. Manolo Jiménez fue el que se atrevió en una extraña operación. Al Atlético llega un Simeone que no era primera opción y encima lo hace como un escudo para los dirigentes. ¿Le saldrá bien al ‘Cholo’ caer en el Calderón ahora? Como un soldado paracaidista que cae en medio de una batalla a pesar de que su idea era terminar a 1 kilómetro de allí para conseguir entrar en la guerra en una posición más positiva para sus intereses.
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